viernes, 02 de mayo de 2008

AROMAS NOCTURNOS

SE CIERRA LA NOCHE

Se cierra la noche.
La última luz vomitada
se queda en el porche
de un cielo crepuscular.
Las tinieblas sonrojadas
encienden sus velas,
con un suave titilar
de azúcar morena.
Punzantes sabores,
con sus llagas, llenan
el arco del paladar,
esperando la alborada...

 

BARRIO DE  SANTA CRUZ

Cortas calles estrechas,
sombras de muros altos
con permeables cancelas
que nos muestran las fuentes de sus patios,
rodeadas de macetas
y de arabescos arcos.
El frescor de sus transparentes aguas,
dibujando palmeras,
las calores amansa
con besos de jazmines y naranjos,
que invitan a la siesta
en las tardes calladas
del plomizo verano.
 
La distancia se queda
por las hojas de paso:
verde sobre violeta,
con rojas rosas blancas,
calidoscópicas plantas abiertas,
huérfanas de unas manos
que sus tallos quebraran,
de la nostalgia presas...
 
¡Hay, amor, si así de menos me echaras,
si así me quisieras,
en esta cruz clavado,
por otra primavera,
sin el roce de tus maduros labios,
mustia la tierra llana,
no me tendrías alzado!
 

ESTACIONES

Me gustan las estaciones de paso
con su bullente gentío aguardando
la tardía llegada del ser amado
o el propio descubrir de lo lejano.
 
Así me ocurre con mi amigo otoño.
Me gustan sus aguas, sus aires limpios,
su olor a tierra flotando sin sitio
sobre el crujiente asfalto agradecido.
En esos días, me asomo a mi ventana
y dibujo un horizonte sin trabas,
debajo del cual compiten las ramas
aventando sus mil reliquias vanas,
sus vestidos de luz y clorofila
que han gozado dichosas por Sevilla,
bailando por sones de seguidillas,
hasta quedar, de cansancio, caídas...
 
E igual sucede con la primavera,
cuando los días se llenan con la espera
de la fertilización de la tierra
y las laboriosas manos se ahuecan.
En esos claros días bajo a la calle,
bañándome en el floreciente valle
de amplios acerados edificables
y estrechas zonas verdes vulnerables;
el fluir de su densa sangre se altera
bajo las pavimentadas estrellas
y se yerguen, rompiendo las aceras,
las curiosas raíces de madera.
 
Pero no me gustan los apeaderos,
donde se para, en el andén del tiempo
el tránsito, dejando en sus extremos
las cargas que llevan los pasajeros.

 

PRETÉRITO IMPERFECTO

En esas lentas tardes
que pasan en pretérito imperfecto,
se sacuden los trajes
de los imberbes sueños.
Como en esta blanda tarde de otoño;
que todo está vivido
aún antes de que se asiente el
poso,
dado por fenecido
sin que más alboroto
se produzca dándolo por caído.
 
Así pasa. Sin verse;
hasta que un sueño va tomando cuerpo,
deseando ser perenne,
afanoso en su empeño.
La tarde va tomando su color,
mezclando el azul con los tonos rosas,
añorando los afanes del sol
sobre la húmeda tierra arcillosa.
Entonces el viento se despereza
y sacude sus ramas,
logrando que me mueva
y deje de estar en profunda pausa.
 

AQUELLA ESCALERA

Sí, aquella escalera
que a tu casa subía,
era la dormidera
de elegantes hombrías.
Con mis ojos de niño,
vi subir y bajar
atentos desperdicios
que no sabían flotar
en tus heladas aguas;
hasta que un rojo día,
siguiendo unas pisadas,
bajaste bien de prisa.
No olvido la impresión
que causaste en mi alma,
la desesperación
de tus breves pisadas;
que entonces pude ver,
entre chispeantes sombras
surgidas de tu ayer,
la dicha que enamora.
 
Era aquella escalera
que a tu casa subía,
desvencijada percha
de hermosura perdida.

 

LA ROSA ABIERTA

¡Qué atléticos días,
qué plácidas noches!
Tras parir la vida,
se sienta en su porche.
            Gotas de lluvia,
            gotas de sudor,
            universos paralelos
            de luz y dolor.
-¿Quién es, alma mía,
quién vive en los soles;
qué aires respira,
con qué se alimenta?
            Rayos de esperanza,
            en el día que se abre;
            las sombras frustradas
	     se cobijan en las nubes grises.
-El dolor que vibra
en la parturienta;
los ojos  que miran,
el llanto que llega.
	¡Qué atléticos días,
	qué plácidas noches,
	qué hermoso el amor
	de la rosa abierta!

 

EN LA PLAZA

            (A la Asociación Luzámada, Navidad de 1998)

Cuando el fuego caliente a los demás,
Aunque tengamos frío,
Habremos recorrido
El Camino del Fuego del Hogar.
Entonces habrá llegado el momento
De salir a la plaza;
Sin darnos cuenta, la triple llamada
Pronunciado habremos.
Al fuego mayor, otro fuego menor
Responderá
Y de la unión
Un tercero nacerá
En la luz, en la gruta del camino
Que solo Él conoce.
El trabajo concluido
Quedará cuando seamos Uno y Doce.

 

COMO UNA LUNA ALBINA

La noche se hace fría,
como la soledad
que la luna respira
en el fondo del mar.
No le quedan reflejos
en los que irse recreando,
ni corales pequeños
para irlos diseñando.
Sólo cráteres tiene;
nada que sea ajeno
a la profunda suerte
que trazó su misterio...
 
Así te veo al mirarte,
como una luna albina
que quiere cobijarse
dentro de la neblina
de una tranquilidad
nada más que aparente;
así te veo estar,
sin que cambie tu suerte.


JAZZMINES Y NARANJOS

Lloraban los jazmines
en la pálida luna
la noche que me dijiste
que, como a ninguna,
a ella la querías.
 
¡Qué corto fue tu amor,
pues tan solo querías
que sus besos en flor
fuesen tuyos un día!
 
Lloraban los naranjos
por la roja avenida
gotas de azahar amargo,
recordándola mía
hasta que tu viniste.
 
¡Qué breve fue tu querer,
pues solo la querías
en tus brazos tener
y más no convenía!
 
Las lágrimas vertidas
sobre la flor tronchada,
su frescor devolvían
y el color recobraba
tendiéndome la mano.
 
¡Qué corto fue tu amor,
qué breve tu querer,
pétalos de pasión
y aromas de placer!

 

SOBRE TU PIEL DELICADA

Me gusta
cuando llueve suaves gotas menudas
besando la dura tierra asfaltada;
sus aguas,
apenas como un roce,
se deslizan arañando tu noche,
invitando a que
afloren los recuerdos
en el jardín del tiempo...
 
¡Oh, qué punzantes uñas
sobre esa piel tuya tan delicada!
¿Qué dolor reconoces,
cuando no me dejas ver su reflejo?

 

TRAS LAS NUBES ARDÍA

Casi se puso a llorar,
casi se olvidó de todo;
que no la vería más,
le dijo, de malos modos.
Aún tras las nubes ardía
el fuego que lo agotaba:
el amor que se perdía,
la luna que se ocultaba.
Dos océanos en los ojos,
dos bosques en las mejillas,
por boca, un profundo foso
donde nunca amanecía.
Qué murmuraron sus labios,
decirse no se sabría,
de cómo estaban de arados
con hierros de la agonía.
Se ignora qué le ocurrió
ni si encontró medicina
para que su mal de amor
pudiera migrar un día...
 
Pero dicen que los álamos
tiemblan cuando su recuerdo
llueve sobre los páramos,
con sus burbujas de fuego
 

TRAPECISTAS

Trapecistas en el aire,
con sus vidas en un vilo,
buscando un punto de amarre
en el cóncavo infinito.
 
Así me siento en tus brazos,
en tal vértigo sumido
que en ningún punto me agarro
fuera de tu precipicio.
 

A UN ÁRBOL

Relucen tus largas hojas
en la tibia luz plateada
de la triste luna albina,
y tus verdecidas ramas
acarician a las nubes,
en el cielo claveteadas,
con tus dedos juguetones;
tu curvado tronco baja
entre espirales muñones,
buscando la firme grama
donde puedas cimentarte
con unas raíces clavadas
dentro de la húmeda tierra...
En la herida dibujada
sobre tu piel envejecida
que un mohoso corazón traza,
el tiempo se ha detenido.
¡Oh, quién bebiera tu savia,
quién tuviera tanto amor
que su vida rescatara!.
 

SIN CO MPARACIÓN

Lo profundo de tus ojos
no admite comparación.
Tampoco la tuvo el modo
en que tiraste mi amor.
 

SED

Nuestra mirada se va secando,
incapaz de percibir los matices,
como  ocurre con la tierra andaluza,
que se nos va quedando mustia y triste.
 
   1
Hoy,
consuelo de los pobres,
han caído unas gotas
de suave lluvia fina,
que nos lava la cara
y nos deja sedientos...
 
Su suministro se va empobreciendo
como una casa pierde sus ahorros
de camino hacia las pagadurías,
en copas y regalos.
Así pierde las aguas Emasesa,
camino de los grifos
y de las acequias.
  
 2
Esta lluvia
humedece la tierra, excitándola,
semejante a las procaces
caricias
que prometen sin dar.
 
Las heridas abiertas en la arcilla
no consiguen cerrarse,
como las cicatrices que la vida
deja sobre mi piel
necesitan 
del beso de las aguas
que saciarme no logran.
 

QUE TUS OJOS BRILLEN TANTO

Que tus ojos brillen tanto,
no resulta de extrañar,
si te había dicho tu amado
que te quiere de verdad.
 

UN BESO Y UN SUSPIRO

Un suspiro,
mirarte es dar un suspiro;
darte un beso,
besarte es tener un sueño.
 
Exhalo un suspiro
y contigo sueño.
 
La vida ligera se va
con cada paso que das.
 
Porque sin aire me quedo,
extraviados mis sentidos,
cuando tus ojos pierdo
por la 
noche enfebrecido.
 
Qué de menos
echo tus ojos tan negros
como un grito
por mi amor incomprendido.
 
Que contigo me embeleso
soñando con tus  cariños.
 
No me importa mi soledad
con tal de poderte soñar.
 
Porque tú eres mi deseo,
nada tengo si te has ido;
tu palabra es mi gobierno,
Solo en ella yo confío.
 

COMO UNA NUBE

Los ojos atentos
miden las volutas
de la pasajera
nube de cristal.
Mirando sus metros,
todos se preguntan
sobre qué pradera
sus gotas caerán
y en siete destellos,
de una arquitectura
con arco y sin flechas,
al sol  parirán... 
 
Así,
como un campesino,
busco tu mirada
en la lejanía.
Quiero tus respuestas
para el acertijo
que halla su posada
en tus manos frías
y en tu larga ausencia 
de mí.
 
Como una nube, amas;
dándome sin darte:
del sol me proteges
y tu agua te llevas.
¡Dámela, mi amada,
que pueda saciarme,
aunque al sol me queme,
estando a tu vera!
 

TU CARA ILUMINADA

Me gustaba mirar el firmamento
a través de los árboles granados
y atrapar en un solitario beso
las estrellas de ojos semicerrados,
cuando descansabas
sobre mi pecho,
los insípidos quehaceres olvidados,
a la luz aparcados...
Sí, la luna iluminaba tu cara
inventando colores nocturnos
que la aurora envidiaba,
aunque en exprimir los solares
zumos
cada día se empeñaba.
 

AQUELLA  NOCHE

Aquella era una noche solitaria.
Su oscuridad entero me envolvía
y con su tristeza me penetraba.
En tan cáustico dolor me sentía
cuando abandoné la luz de mi casa
y me olvidé de toda compañía
ajena a la noche imantada,
hacia la que las calles me conducían.
Silenciosa, la noche me abrazaba
y a través de sus negras celosías
los nocturnos dolores me mostraba;
metálicas luciérnagas erguidas
dejaban caer sus lágrimas urbanas
sobre vaporosas alcantarillas,
cuyo aliento, en sorda andanada,
la inmovilidad del aire rompía
con el granizo de su muerte larga.
Los esqueléticos troncos rugían
y desgarraban la celeste arcada,
sobre la ciudad que su luto olvida.
Sin saber hacia dónde caminaba
(la distancia de mis ojos perdida,
las suelas de mis zapatos gastadas),
en un profundo sopor me sumía
que de parte de mi ser me privaba,
dejándome donde no amanecía.
 
Aquella era una noche solitaria,
en la que hallar lo que yo soy debía.
Hasta que mi imagen vi reflejada
en la doble cristalera partida,
de una adolescencia tan lejana
como proclive a disputas y riñas,
anduve ignorando dónde me hallaba
ni que era a mí mismo a quien veía
en la nocturna arquitectura urbana:
las manos que se alzaban eran mías
y la ronca garganta desgarrada
que clamaba por la aurora tardía;
y las lágrimas recién asfaltadas
sobre la lúgubre tierra baldía,
y el espíritu que la luz buscaba
donde ningún cuerdo bajar querría...
 
Aquella noche se desnudó mi alma
en medio de las calles de Sevilla.
 

EN UN RINCÓN DEL PARQUE

Érase un banco desvencijado
de su cemento y apliques,
sobre el que acomodo hallaba
un decrépito anciano.
De qué forma se identificaban
o cómo en ellos yo me veía,
difícil explicación tendría.
 
Una tarde otoñal, de ventisca agrietada,
en que los humos de la frustración
aventar quería de mi cabeza
con los cuchillos de los vientos urbanos,
los vi por vez primera,
de disimulados que estaban
en el escaparate festivo
de los presumidos jardines.
En un rincón deshabitado,
junto a un ensimismado arbusto
de enredadizas ramas,
el tiempo se había parado:
en los aires, levitaban los pétalos
inventando su color;
y allí mis ojos se pararon

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