lunes, 10 de diciembre de 2007

TRATAMIENTO DE CHOQUE

Sus dedos se movieron nerviosos sobre el teclado, pulsando los 9 dígitos. Un largo pitido se dejó oír 8 veces y una amorfa voz femenina lo invitó a dejar grabado un mensaje.
-Necesito verte –dijo, intensa y atropelladamente. No te olvides de la cita que tenemos esta noche.
Su mano, que parecía un guante de piel seca sobre sus huesos, colgó el teléfono. Se giró bruscamente sobre sus talones y, a grandes zancadas, se dirigió hacia una cafetería cercana.

La barra estaba llena de gente que huía del frío ambiente exterior. Un viejo dibujó un amplio círculo con el humo de su pipa, volviéndose hacia el camarero.
-Ahí viene otra vez ese loco, le dijo con seis bocanadas de un humo compacto que parecía llenar el local.
-No digas eso. Necesita un tiempo para recuperarse -con unos movimientos ralentizados, como si quisiera burlar las nubes de humo, se encaminó hacia la mesa que el recién llegado había ocupado, junto a la cristalera y al teléfono.
-¿Cómo estás, Javier? –los grandes ojos negros enrojecidos miraban fijamente hacia la esquina. ¿Quieres tomar algo?
-¡Hola!, ¿La has visto?
-Noooo –suspirando-, no la he visto. Te preguntaba si querías tomar alguna cosa.
-sí, un café solo. Esta noche se puede hacer muy larga, ¿sabes?, y no quiero adormecerme.
-Claro.
Se fue hacia la barra, donde el fumador no se perdía detalle de cuanto pasaba.
-¿Qué, reacciona?
-Noooo –desmayadamente.
-Luis, ven – se oyó una voz procedente de la cocina, hacia la que se acercó cuando cargó la cafetera.
Una mujer estaba recostada en la puerta, con la tez y el cabello impregnados de grasa y con una mirada fija y serena, interrogándolo.
-Sigue igual.
-Así no puede estar más tiempo. Tenemos que hacer algo.
-¿Qué? –su tono subió un punto. Nosotros no podemos hacer más de lo que ya estamos haciendo –bajándolo.
-No es suficiente. Va a peor.
-¿Se te ocurre alguna otra cosa? –mirándola fijamente.
-No sé...quizás una impresión tan fuerte como aquella, lo vuelva en sí.
-Pero, ¿qué pretendes, que tenga otro accidente?
-No –ensimismándose. Quizás un choque emocional...
-¡Eso es cosa de médicos! –cortó Luis, yéndose hacia el mostrador.
-Sírveme otra copa –le dijo el viejo. Dime, si no está loco, ¿cómo está?
-Está en tratamiento, así es cómo está.
-¿De qué?
Luis cogió la taza del café y salió de la barra, sin contestarle, perseguido por unas nubes que tronaban a su espalda “¿nunca lo olvidarás?”. Javier miraba absorto la llovizna cayendo contra el ventanal. Había anochecido.
-He vuelto a llamarla. Aún no ha llegado.
Luis tuvo que respirar profundamente varias veces para recomponerse, mientras atendía otras mesas. La mujer, apoyada sobre unas muletas, avanzaba lentamente desde el fondo, sin que Javier la viese hasta que ya la tenía al lado.
-¡Ana, siéntate!
-¿Cómo te va?
-Bien. He quedado con tu hermana...
-¡Está muerta, Javier!
-No, no lo está –mirándola sorprendido. Se recuperó.
-No, Tienes que recordarlo, esfuérzate: íbamos los cuatro en el coche. Era de noche cerrada y llovía a cántaros; habíamos bebido mucho y...
-Pero eso no importa –sonriendo.
-¡sí importa! Laura murió, yo sigo cojeando, Luis se recuperó de sus fracturas y tú, tú no has vuelto a ser el mismo de antes.
-Porque he aceptado lo que pasó, pero vosotros no.
Sus ojos, seguidos de todo su cuerpo, fueron como imantados por algo que les devolvió su brillo y vivacidad.
-¡Ahí está, ya ha llegado!, gritó, saltando de la silla y echando a correr. Como si fuera incorpóreo, pasó entre una furgoneta y un turismo que estaban aparcados tan juntos que parecía imposible que nadie se pudiera mover con tanta ligereza. Después se oyó un frenazo, unos gritos y un golpe seco y crujiente.
Todos salieron del local. Luis rodeó la furgoneta y se encontró con unas piernas que sobresalían por debajo de un coche y un charco de sangre espesa ensanchándose velozmente, gracias a la lluvia. El conductor se había quedado petrificado al volante; los murmullos crecían haciéndose audibles, llevando consigo el convencimiento de que Javier estaba muerto...

Luís, con los ojos desorbitados, regresó a la acera. En la puerta de la cafetería estaba Ana, con las manos agarrotadas a las muletas, la mandíbula temblándole, con el grasiento cabello mojado, pegado a su cara, y con los ojos abiertos y sin pestañear. A su lado, el viejo aún sostenía en la boca la pipa, apagada por el agua. Tras ellos, el enrarecido aire del salón se disipaba.
-Entremos, Ana –Luis la rodeó con sus brazos y se la llevó dentro, cerrando tras sí la puerta.
-La he visto, Luis.
-¿Qué dices, a quién?
-Estaba allí, esperándole en la otra acera.
-Vamos, olvídalo. Se trata de una impresión...
-Que sí, te digo que la he visto. Ahora están juntos.
Los dos se quedaron mirando fijamente hacia el exterior, oyendo cómo se acercaba una ambulancia.

Fuera, bajo las luces y las sombras que la ambulancia proyectaba, el viejo recargó su pipa y la encendió, mientras se iba internando, con sus lentos pasos, en la oscuridad.
-Siempre pasan cosas –inhalando profundamente el humo de la pipa-, pero nadie sabe qué son –dejando tras sí una espesa voluta.

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