lunes, 02 de julio de 2007

AQUELLA NOCHE

Aquella era una noche solitaria.
Su oscuridad entero me envolvía
y con su tristeza me penetraba.
En tan cáustico dolor me sentía
cuando abandoné la luz de mi casa
y me olvidé de toda compañía
ajena a la noche imantada,
hacia la que las calles me conducían.
Silenciosa, la noche me abrazaba
y a través de sus negras celosías
los nocturnos dolores me mostraba;
metálicas luciérnagas erguidas
dejaban caer sus lágrimas urbanas
sobre vaporosas alcantarillas,
cuyo aliento, en sorda andanada,
la inmovilidad del aire rompía
con el granizo de su muerte larga.
Los esqueléticos troncos rugían
y desgarraban la celeste arcada,
sobre la ciudad que su luto olvida.
Sin saber hacia dónde caminaba
(la distancia de mis ojos perdida,
las suelas de mis zapatos gastadas),
en un profundo sopor me sumía
que de parte de mi ser me privaba,
dejándome donde no amanecía.

Aquella era una noche solitaria,
en la que hallar lo que yo soy debía.
Hasta que mi imagen vi reflejada
en la doble cristalera partida,
de una adolescencia tan lejana
como proclive a disputas y riñas,
anduve ignorando dónde me hallaba
ni que era a mí mismo a quien veía
en la nocturna arquitectura urbana:
las manos que se alzaban eran mías
y la ronca garganta desgarrada
que clamaba por la aurora tardía;
y las lágrimas recién asfaltadas
sobre la lúgubre tierra baldía,
y el espíritu que la luz buscaba
donde ningún cuerdo bajar querría...

Aquella noche se desnudó mi alma
en medio de las calles de Sevilla.



(Aquella Noche pertenece al poemario Aromas Nocturnos)

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