EL CASO DE LOS GEMELOS
Hacía frío. En la calle, débilmente iluminada por las farolas, el viento doblaba los árboles. Pellicer, asomado a su ventanal, lo contemplaba con deleite. Sanabria, un joven policía recién graduado, le hablaba acerca de su primer caso.
-¿Pero qué tiene de especial?
-La verdad es que no sé cómo resolverlo. Hace días, Álvaro Soterrales murió de un infarto en un hotel de Palma, mientras escribía una nota en la que se confesaba autor de los crímenes de su hermano y de Joaquina Fonseca. Tras las primeras pesquisas, hemos encontrado los dos cuerpos, carbonizados en el horno, en unas bolsas grandes de basura, en la panadería que ambos poseían en la Calle de la Pinta.
-Si tienes al asesino y a las víctimas, ¿dónde está el problema?
-¡Precisamente ese! No estoy seguro de cuál de los dos fue el asesino.
Pellicer dejó de mirar las copas de los árboles, de hojas verdes y flores violetas, mecidas por el viento.
-Explícate.
-Verás, Álvaro y Arturo eran gemelos. Tenían una panadería que les permitía vivir cómodamente, e incluso les tocó la lotería... Todo les iba bien hasta que conocieron a Joaquina, de la que los dos se enamoraron. Según los testigos, ella le correspondía a uno de ellos... El caso es que surgieron los celos y uno de los hermanos degolló al otro y estranguló a la mujer, con un día de por medio. Y se fue dejando indicios de que los dos hermanos se habían ido, cada uno por su lado, tras haber cerrado definitivamente la panadería.
-¿Por qué no puedes identificar al que murió en Palma?
-Siempre les gustó jugar a confundir a la gente. Eran extraordinariamente parecidos, incluso en las huellas dactilares; y no hay informes médicos en que basarnos. Además, el asesino había renovado el DNI de los dos, viajando unas veces con un nombre y otras con otro...
-Has hablado con los vecinos, ¿verdad?
-No ha resultado nada fácil. Esa zona se ha reurbanizado y muchos se han mudado. Pero he conseguido dar con unos cuantos. Dado el tiempo que ha pasado, sus testimonios no son muy fiables.
-Pero si te habrán servido para establecer cómo eran.
-Eso sí. Álvaro era muy desenvuelto y extrovertido; se ocupaba de la tienda, manejaba muy bien a la clientela dándole a cada uno su sitio. Era muy imaginativo y le gustaban los juegos. Arturo era introvertido, tímido y muy bien organizado; se ocupaba de la trastienda y del gobierno del negocio. Le faltaba la gracia de su hermano, pero le sobraba energía.
-Y entre tantos datos, ¿cuáles consideras irrefutables?
-Que los dos eran uña y carne; que Joaquina los enfrentó; y que, probablemente en un ataque de celos, uno de ellos cometió los crímenes: no quería quedarse sin su hermano y sin la mujer.
-Eso ya es una hipótesis.
-La única válida. ¿Por qué los iba a matar, sino por celos?
-Probablemente haya sucedido así. ¿Qué quieres que haga?
-Que le eches un vistazo al expediente, a ver si algo te llama la atención. Siempre has dicho que “quien sepa mirar, hasta una aguja encontrará en el fondo de un pajar”.
-Cierto, pero este no es mi pajar. Veamos.
Pellicer cogió el expediente entre sus manos y empezó a hojearlo, comenzando por los planos de la casa, que destinaba la planta baja a la panadería y la alta a la vivienda, y las fotos, que mostraban detalladamente las bolsas de basura y el estado de los cuerpos que contenían; después leyó las autopsias (muertes por degollamiento y por estrangulamiento, con un lapso de entre 24 y 30 horas), los testimonios de los testigos y finalmente el manuscrito incompleto de la confesión. Cuando acabó, desplegó el expediente sobre la mesa, mostrándole a Sanabria dos fotos.
-Ahí tienes la clave para identificarles.
Se trataba de las dos primeras fotos de las bolsas, en las que estas aparecían tal como se habían encontrado.
-Observa, cada bolsa ha sido anudada con una mano distinta, ¿ves?, esta con la mano derecha y esta con la izquierda.
-Sí, es verdad. En esta se debió sujetar la bolsa con la mano izquierda y anudarla con la derecha, y aquí, al contrario.
-Por la descripción que me has hecho de sus personalidades y también porque suele ocurrir con muchos gemelos, uno de ellos debía ser diestro, Arturo, y el otro zurdo, Álvaro. Ahora mira, la confesión ha sido escrita por un zurdo.
-¡Entonces Álvaro los mató!
-No corras. El nudo que fue hecho con la mano derecha pertenece a la bolsa del hombre; de modo que tuvo que hacerlo Joaquina. Eran cómplices en la muerte de Arturo y juntos, en las horas que mediaron entre una y otra muerte, pusieron en marcha el plan para simular que el muerto se había ido...después la mató, la carbonizó y metió sus restos en la bolsa, para irse tranquilamente, tras haber cerrado definitivamente la panadería y haberla mantenido así hasta después de su muerte. Ahora bien, deberás comprobar si efectivamente Álvaro era zurdo y los otros dos diestros.
A Sanabria le costó un par de llamadas telefónicas comprobarlo.
-Tienes razón, lo eran. Y esta explicación hace que encajen todas las piezas del rompecabezas, excepto una: ¿por qué conservó los cuerpos y no los hizo desaparecer definitivamente?
-¡Quién sabe! Quizás porque necesitaba poner metros de por medio lo más rápidamente posible entre las víctimas y él; hacer algo como lo que hizo no le debió resultar fácil, y el que terminase escribiendo la confesión así lo indica: tenía remordimientos.
-Gracias por tu ayuda.
-Ha sido un placer conocer tu pajar.
-¿Pero qué tiene de especial?
-La verdad es que no sé cómo resolverlo. Hace días, Álvaro Soterrales murió de un infarto en un hotel de Palma, mientras escribía una nota en la que se confesaba autor de los crímenes de su hermano y de Joaquina Fonseca. Tras las primeras pesquisas, hemos encontrado los dos cuerpos, carbonizados en el horno, en unas bolsas grandes de basura, en la panadería que ambos poseían en la Calle de la Pinta.
-Si tienes al asesino y a las víctimas, ¿dónde está el problema?
-¡Precisamente ese! No estoy seguro de cuál de los dos fue el asesino.
Pellicer dejó de mirar las copas de los árboles, de hojas verdes y flores violetas, mecidas por el viento.
-Explícate.
-Verás, Álvaro y Arturo eran gemelos. Tenían una panadería que les permitía vivir cómodamente, e incluso les tocó la lotería... Todo les iba bien hasta que conocieron a Joaquina, de la que los dos se enamoraron. Según los testigos, ella le correspondía a uno de ellos... El caso es que surgieron los celos y uno de los hermanos degolló al otro y estranguló a la mujer, con un día de por medio. Y se fue dejando indicios de que los dos hermanos se habían ido, cada uno por su lado, tras haber cerrado definitivamente la panadería.
-¿Por qué no puedes identificar al que murió en Palma?
-Siempre les gustó jugar a confundir a la gente. Eran extraordinariamente parecidos, incluso en las huellas dactilares; y no hay informes médicos en que basarnos. Además, el asesino había renovado el DNI de los dos, viajando unas veces con un nombre y otras con otro...
-Has hablado con los vecinos, ¿verdad?
-No ha resultado nada fácil. Esa zona se ha reurbanizado y muchos se han mudado. Pero he conseguido dar con unos cuantos. Dado el tiempo que ha pasado, sus testimonios no son muy fiables.
-Pero si te habrán servido para establecer cómo eran.
-Eso sí. Álvaro era muy desenvuelto y extrovertido; se ocupaba de la tienda, manejaba muy bien a la clientela dándole a cada uno su sitio. Era muy imaginativo y le gustaban los juegos. Arturo era introvertido, tímido y muy bien organizado; se ocupaba de la trastienda y del gobierno del negocio. Le faltaba la gracia de su hermano, pero le sobraba energía.
-Y entre tantos datos, ¿cuáles consideras irrefutables?
-Que los dos eran uña y carne; que Joaquina los enfrentó; y que, probablemente en un ataque de celos, uno de ellos cometió los crímenes: no quería quedarse sin su hermano y sin la mujer.
-Eso ya es una hipótesis.
-La única válida. ¿Por qué los iba a matar, sino por celos?
-Probablemente haya sucedido así. ¿Qué quieres que haga?
-Que le eches un vistazo al expediente, a ver si algo te llama la atención. Siempre has dicho que “quien sepa mirar, hasta una aguja encontrará en el fondo de un pajar”.
-Cierto, pero este no es mi pajar. Veamos.
Pellicer cogió el expediente entre sus manos y empezó a hojearlo, comenzando por los planos de la casa, que destinaba la planta baja a la panadería y la alta a la vivienda, y las fotos, que mostraban detalladamente las bolsas de basura y el estado de los cuerpos que contenían; después leyó las autopsias (muertes por degollamiento y por estrangulamiento, con un lapso de entre 24 y 30 horas), los testimonios de los testigos y finalmente el manuscrito incompleto de la confesión. Cuando acabó, desplegó el expediente sobre la mesa, mostrándole a Sanabria dos fotos.
-Ahí tienes la clave para identificarles.
Se trataba de las dos primeras fotos de las bolsas, en las que estas aparecían tal como se habían encontrado.
-Observa, cada bolsa ha sido anudada con una mano distinta, ¿ves?, esta con la mano derecha y esta con la izquierda.
-Sí, es verdad. En esta se debió sujetar la bolsa con la mano izquierda y anudarla con la derecha, y aquí, al contrario.
-Por la descripción que me has hecho de sus personalidades y también porque suele ocurrir con muchos gemelos, uno de ellos debía ser diestro, Arturo, y el otro zurdo, Álvaro. Ahora mira, la confesión ha sido escrita por un zurdo.
-¡Entonces Álvaro los mató!
-No corras. El nudo que fue hecho con la mano derecha pertenece a la bolsa del hombre; de modo que tuvo que hacerlo Joaquina. Eran cómplices en la muerte de Arturo y juntos, en las horas que mediaron entre una y otra muerte, pusieron en marcha el plan para simular que el muerto se había ido...después la mató, la carbonizó y metió sus restos en la bolsa, para irse tranquilamente, tras haber cerrado definitivamente la panadería y haberla mantenido así hasta después de su muerte. Ahora bien, deberás comprobar si efectivamente Álvaro era zurdo y los otros dos diestros.
A Sanabria le costó un par de llamadas telefónicas comprobarlo.
-Tienes razón, lo eran. Y esta explicación hace que encajen todas las piezas del rompecabezas, excepto una: ¿por qué conservó los cuerpos y no los hizo desaparecer definitivamente?
-¡Quién sabe! Quizás porque necesitaba poner metros de por medio lo más rápidamente posible entre las víctimas y él; hacer algo como lo que hizo no le debió resultar fácil, y el que terminase escribiendo la confesión así lo indica: tenía remordimientos.
-Gracias por tu ayuda.
-Ha sido un placer conocer tu pajar.

