sábado, 30 de junio de 2007

LA PARTIDA

Sabía que no podía tener malas cartas, que no podía Permitírselo. Pero las tenía. Las apuestas eran fuertes y ya llevaba perdido mucho dinero. Ahora tenía que ganar; pero con aquel juego sabía que iba a perder.

El mano había abierto con 50.000 y el de su izquierda había subido a 100.000. Ahora le tocaba a él. ¿Qué podía hacer? Los tres lo estaban mirando, esperando a que se decidiera.

Buscó sus cigarrillos. Como había agotado el paquete que tenía sobre la mesa, introdujo su mano en el bolsillo interior de la chaqueta y notó el bulto de la pistola. “Hoy no perderé”, se había dicho aquella tarde mientras guardaba el dinero. Estaba fría y su contacto le resultaba como el de un terrón de hielo en pleno verano.
-¿Igualas, subes o te retiras?

Si perdía, no podría renovar las existencias de su almacén de ventas al por mayor; así de claro se lo había dicho su contable. Su mujer no sabía que había vuelto a jugar; cuando se conocieron, ella libró toda una batalla hasta que logró que dejara las cartas. Pero había vuelto a jugar. “Sólo será una vez”, pero perdió 5 millones, cuando cada semana realizaba unas compras de más de 20 para reponer sus existencias. Ahora ya no los tenía, de modo que había ido agotando sus reservas financieras y de stock. Y ya llevaba perdidos otros 2 millones.

Sus dedos se cerraron en torno a la culata de la pistola. Entonces se dio cuenta de cómo lo miraba el que estaba sentado frente a él: fijamente, con los ojos semicerrados, como si adivinase... y con las manos bajo la mesa. ¿Qué podía hacer, seguir adelante o aceptar que estaba a punto de arruinarse?


¿Qué le estaba pasando, por qué no hablaba de una vez? Aquel tipo se había puesto a sudar y mantenía la mano derecha, agarrotada, dentro de la chaqueta. No le gustaba nada la situación. Aquello no iba a terminar bien. Ya le habían pedido un par de veces que se decidiera, pero no escuchaba; aquel tipo, como se llamase, estaba preparando algo malo. ¿Quién lo había invitado a la partida?


Procurando que no se diese cuenta, se había inclinado hacia su izquierda, intentando ver qué tenía en la mano, pero no acertaba a verlo. De todas formas se imaginaba qué era, porque no estaba fingiendo. No, cuando se suda de esa manera, que ya hasta olía... Miró a los otros dos y los vio igual de alertas que él. Uno había cogido por el cuello una botella; el otro, el que parecía más frío, intentaba adivinar cuál sería el momento.


La mano le dolía. No sabía si se rompería la botella antes de que tuviese que usarla, pero no podía aflojar la mano. No paraba de maldecir el momento en que lo habían invitado a jugar; pero Pedro, que había caído enfermo, lo había recomendado y lo habían llamado.

Se sentía observado por los tres. Cada uno a su manera, pero los tres estaban preparados. Y él no tenía más remedio que decidirse de una vez, no podía alargar más la espera. Apoyó los pies en el suelo y se inclinó hacia delante, dando de inmediato un salto hacia atrás mientras sacaba la pistola.

Pero la mesa voló por los aires, golpeándole en el pecho y en la mano, dejando caer la pistola, mientras que una botella se estrellaba en una de las patas de la mesa y unas manos buscaban su cuello; cayó de espaldas, bajo una lluvia de gritos y de golpes contra su cabeza. Cuando pudo abrir los ojos, la pistola estaba a la altura de su nariz y pudo ver el movimiento del dedo que apretaba el gatillo...


Abrió los ojos. Estaba tumbado en el suelo, con la cabeza dolorida. Se había quedado dormido y se había caído al suelo, golpeándosela contra la mesa metálica de la impresora. El teléfono estaba martilleando su cráneo. Con unos movimientos torpes se levantó y lo cogió. Era Pedro, diciéndole que se le había hecho tarde y que le estaban esperando para comenzar la partida, que si tenía el dinero, que si recordaba la dirección... Colgó y, a trompicones, salió del despacho, dejando sobre la mesa 2 millones en fajos de 250.000 Ptas. y una pistola. Quería contarle a su mujer que había vuelto a jugar, pedirle que le perdonase y que lo volviese a ayudar...

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